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Terra
La Coctelera

FIESTAS Y ROMERÍAS


La población gallega está agrupada en casi 3.800 parroquias, entidades de población típicas de Galicia, que tiene su origen en la división administrativa sueva. Pues bien, cada parroquia tiene su fiesta o sus fiestas, especialmente durante los meses de verano, por lo que es fácil imaginar hasta donde puede llegar el número de celebraciones en esta tierra. Además de estas fiestas populares, el folclore gallego, rico y variado en tradiciones y leyendas, ha dado pie a innumerables romerías y festividades religiosas y profanas. Sólo citaremos algunas a modo de ejemplo, que festejan la primavera, las hogueras de San Juan, en el solsticio de verano, o el magosto, cuando se asan las primeras castañas y se degustan los primeros vinos.

Entre las romerías, si sólo pudiéramos escoger una de cada provincia, tal vez pudieran estar entre las más concurridas la de los Milagros de Amil en Moraña (Pontevedra), la de la Virxe da Barca de Muxía (A Coruña), la Xira de la Santa Cruz en Ribadeo (Lugo) y la batalla de Moros y Cristianos de A Saínza (Ourense). Las alfombras florales del Corpus de Ponteareas, que también se ven en Ares y Gondomar, forman un capítulo aparte.

Entre las fiestas más originales y autóctonas tenemos que destacar los Curros, o Rapa das Bestas, nacidos como una prolongación del trabajo de los ganaderos, que crían en los montes caballos en régimen de libertad. Se celebran unos veinte curros desde mayo a agosto en diversos lugares de las provincias de Lugo, A Coruña y Pontevedra. De todos es conocida, también, la espectacularidad con que se celebran los carnavales en toda Galicia, y especialmente en Laza (Verín) y Xinzo de Limia.

Capítulo aparte merecen las fiestas gastronómicas. A la fiesta del Cocido en Lalín, siguen, por orden cronológico, la del Queso en Arzúa, la Angula en Tui, la Lamprea de Arbo, el Pimiento en Arnoia y Padrón, el Salmón en A Estrada, la Bica en Trives, el Marisco en 0 Grove... para terminar en diciembre con la del Capón en Vilalba.

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A través de la ventana

A través de la ventana vemos pasar la vida. El tiempo desfila frente a nuestras nostálgicas miradas y toda la vida se va a través de ese cristal que nos separa con su fría presencia del mundo que observamos, convirtiéndonos en espectadores, en público, de historias ajenas, particulares o universales, que se suceden unas a otras, que se repiten frente a nuestros ojos sin que podamos intervenir, sin que queramos dejar de ser observadores fieles de una historia hecha de fragmentos de tiempo y de sentimientos que, como ajenos que son, pretendemos que no nos afecten.
La ventana es una metáfora y a la vez un símbolo. Su propia forma, su esencia originaria da sentido literario a su existencia: simplemente una abertura en la pared para dejar entrar la luz, para poder ver lo que nos rodea. A veces una pequeña apertura que nos deja ver pero impide que nos vean, finas aperturas defensivas para esperar al enemigo; grandes ventanales para ver el paisaje, cerca del mar, para dejar entrar la luz y el calor. Ventanas que sólo sirven desde un lado, para observar a los detenidos y sus interrogatorios, para espiar a los otros. Sirve como símbolo para hablar de la curiosidad, la indiscreción, esa manera de asomarnos a otras vidas que no nos importan en principio pero a través de las que finalmente vivimos nuestras propias vidas. En el cine, Hitchcock y su Ventana Indiscreta resumen todo lo que se pueda decir en ese sentido. Pero abre una puerta, tal vez una ventana, para divagar sobre cómo los medios de masas se han convertido en la gran ventana indiscreta de nuestro tiempo. Ese mundo que antes se reunía en la charla de patio y vecindad para cotillear sobre el entorno más conocido, ahora se dispersa y aísla en sus casas, frente a una ventana electrónica, que ofrece las historias indiscretas de gente lejana, mitos que desnudamos para reconocernos finalmente en sus miserias y comprobar una vez más, y con un inevitable placer, que los ricos también lloran.
Abertura frágil en un muro firme, en paredes que delimitan nuestras vidas, una realidad cercana y cotidiana, controlada. A través de esos cristales firmemente sujetos por un marco, el exterior entra en nuestras casas y en nuestras mentes. Entra a través de esos cristales empañados, la imaginación. Pues la ventana es simplemente el encuadre por el que vemos el mundo.
Su forma cuadrada, por lo general, serviría para unirla a la historia de la pintura: el cuadro será así la ventana por antonomasia en el mundo del arte. Ventanas que como en la vida real, podrán tener tamaños diferentes, formas variadas, desde el rectángulo hasta el círculo. El cuadro (término difícil en otros idiomas, sirve en español como sinónimo de pintura y a veces incluso de imagen) era la ventana por la que el espectador se asomaba al mundo y a través de esa apertura en la pared de la imaginación veía paisajes imposibles, y vidas de santos y reyes. Batallas lejanas y mundos desconocidos. El cuadro funcionaba como una pantalla en la que de un modo estático se nos contaba una historia. Después el cine, la televisión, dieron movimiento y vida, sonido, a esas historias crecidas en nuestras mentes y poco a poco la imaginación se transformó. Y entonces llegó el Gran Hermano con su "Ojo que todo lo ve" y que casi todo nos lo muestra y la ventana convirtió lo que siempre se restringía a una furtiva mirada por la mirilla de la puerta, un tondo diminuto (una ventana casi microscópica por la que mirábamos sólo un poquito, una miradilla) en una mirada colectiva programada desde despachos de ejecutivos que dirigían nuestra curiosidad.
El arte tiene en la ventana no solamente la metáfora del cuadro sino un gran protagonista escénico, aparece en la pintura del Renacimiento, en la pintura flamenca, en el impresionismo... en infinitos cuadros en los que alguien se asoma, desde dentro o desde afuera, convirtiéndola en un excusa para reforzar la iluminación, para dar profundidad a la pintura, para dotar de misterio a una escena de interior, para reforzar la soledad de una mujer, para dar esperanza a la dama que espera... A veces es sustituida por un espejo que si bien puede ser la extensión de la ventana, tiene una vida simbólica propia en la historia del arte y en la de los significados, pero que de alguna manera es también una ventana a la que nos asomamos y en la que solamente nos vemos a nosotros mismos, pero a través de la cual el tiempo pasa mas crudamente, un tiempo destructor que nos va deshaciendo sobre su superficie brillante.
Por lo general lo que vemos por la ventana es el cielo. Las nubes que pasan, la lluvia que resbala, la luz, ¡qué importante es la luz para que la ventana pueda servir como abertura al mundo exterior! Como si determinase su relación con la fotografía, con el arte en general, una ventana sin luz prácticamente no puede interesarnos. No importa tanto si la escena que vemos a su través es más o menos excitante, ya nos encargaremos nosotros de ver aquello que queremos ver, pero sin luz la ventana se convierte en objeto, en formas, en superficies matéricas que cambian radicalmente su relación con nosotros. Se convierte en un cuadro abstracto que sugiere pero que no muestra.
La fotografía establece un juego permanente con la mirada y con todos los utensilios que puedan convertirse en una prolongación de esa mirada. La ventana es, entonces, un objeto, un tema ampliamente utilizado. En las siguientes páginas encontraremos artistas que centran una parte importante de su producción en la ventana. Para unos es meramente una excusa constructiva, una superficie concreta, con su marco, cerrada muchas veces y por lo tanto carente de gran parte de su interés mistérico, pero que nos transmite otra fuerza estética y otras sugerencias muy curiosas en su relación con lo oculto, con lo escondido, con lo prohibido, con la muerte. Incluso algunos fotógrafos llegan a darle una categoría escultórica. A veces la fotografía de una ventana solamente llega a tener sentido con los reflejos de una ventana real sobre ella. Incluso en las exposiciones de fotografía, en las que los cristales protectores reflejan duramente las luces de las salas, a los visitantes, cada detalle del entorno, se ha querido ver un último sentido de la fotografía como ventana/espejo en el que nos vemos reflejados a la vez que la atravesamos a caballo de sus temas, de sus contenidos.
Para otros de nuestros invitados de este número, la ventana es una zona intermedia de comunicación entre el interior y el exterior, desde alguien que mira al objeto mirado, un espacio de comunicación, una forma de asomarse a la vida de los otros; una superficie delgada y transparente pero que parece protegernos y alejarnos de lo que vemos aunque, si abriésemos esa venta que nos sirve de escudo y de filtro, podríamos tocar lo que nos seduce, evitar la tragedia... pero el espectador no quiere intervenir en la historia que ve, incluso puede creer que es una historia que solo existe para sus ojos, para su mirada. Otros, sin embargo, utilizan la ventana como una superficie de cristal que transparenta colores, formas, en su superficie de cristal, translúcida pero al mismo tiempo opaca. La ventana es, entonces, una forma elíptica de belleza, en la que se refleja el interior y el exterior a la vez, en un diálogo de formas y texturas.
El atractivo irresistible que una ventana tiene para el espectador posee rasgos atávicos, tenemos que relacionarlo con la curiosidad innata, el desprecio al peligro ante lo desconocido y aún más frente a lo prohibido. Personifica la mirada, la curiosidad, la indiscreción, la espera vana y también la búsqueda de la verdad. Pero sobre todas las cosas tal vez la ventana haya sido la compañera más fiel de generaciones de melancólicos, de enamorados, de amantes traicionados. La nostalgia, la melancolía y, en definitiva, la soledad, acompaña a todos aquellos que pasamos gran parte de nuestras vidas mirando a través de una, de cualquier ventana.
por Rosa Olivares
Exit Imagen & Cultura nº 26, Mayo / Junio 2007

EL MISTERIO DE ELCHE

Está claro que Chaucer [ilustración 1], a pesar de no ser un intérprete de música, fue muy sensible al poder y al efecto de ésta. El conjunto de sus obras contiene numerosas referencias musicales y resulta evidente su familiaridad con la música de su época. Difícilmente podría ser de otra manera, ya que la música constituía una parte esencial de la cultura de la nobleza, ya fuera en el seno de las ceremonias o como mero entretenimiento. A un nivel social inferior la música era, asimismo, inseparable de la vida. Para los nobles o cortesanos, componer y cantar canciones (a modo de continuación de las tradiciones de los grandes trovadores y troveros de siglos anteriores) era, en cualquier contexto, un signo de sofisticación personal. En el siglo xiv, sin embargo, esto implicaba normalmente escribir únicamente los versos, o la interpretación tradicional de una sencilla melodía: la composición formal de música por parte de aficionados se convirtió rápidamente en algo excepcional debido al desarrollo de complejos estilos polifónicos en la canción profana, un gran avance musical de la época. En el Libro de la Duquesa, el Caballero Negro, enfermo de amor, se entretenía componiendo canciones lo mejor que podía, y a menudo las cantaba a viva voz, a pesar de carecer de técnica o experiencia. Su primera canción, “Señor, alivia mi corazón”, semeja los titubeos de un aficionado, y el Caballero Negro está en lo cierto al preguntarse si es lo que peor hacía. El hijo del Caballero en el Prólogo de Los cuentos de Canterbury, un apuesto escudero, combinaba sus hazañas de caballería con la composición de canciones, y las justas con las danzas. El uso de la palabra endyte (poner en palabras, escribir) por parte de Chaucer sugiere, sin embargo, que las canciones eran en realidad únicamente textos líricos que recitaba el escudero; sin embargo, estaba cantando o tocando la flauta todo el día. Que cantar y bailar se consideraban importantes habilidades sociales también para las mujeres se muestra en el relato de la Esposa de Bath en los Cuentos de Canterbury, si bien en un nivel social inferior: algunos hombres se casaban con una mujer porque sabía cantar o bailar. La propia Esposa de Bath, en su juventud, podía bailar con la música de una pequeña arpa y cantar como un ruiseñor, especialmente cuando había bebido un poco de vino dulce.
Por Nigel Wilkins. Traducción de Luis Lago

EL CANTO GREGORIANO

La grabación más vendida en España en diciembre de 1993 fue un álbum de dos discos compactos titulado Canto Gregoriano (EMI Odeon 565217-2), interpretado por los monjes de Santo Domingo de Silos, en la provincia de Burgos. Uno de los discos, dirigido por Ismael Fernández de la Cuesta, había sido publicado originalmente en 1973, mientras que el segundo, dirigido por Francisco Lara, estaba compuesto por extractos de otros tres aparecidos en 1980, 1981 y 1982. Las cuatro grabaciones fueron editadas en origen por el sello Hispavox, que fue adquirido por EMI hacia 1985. Lo curioso del caso es que cuatro CDs individuales correspondientes a los cuatro LPs originales habían sido publicados aquel mismo año en fechas anteriores por el sello internacional EMI con muy poco eco. Aquel éxito inesperado en el mercado español tuvo como consecuencia su difusión radiofónica en emisoras nada habituadas a ofrecer ni siquiera música clásica, por no hablar del canto llano medieval de la liturgia interpretado al unísono. En consecuencia, la recopilación de Odeon salió rápidamente a la venta en el resto del mundo. Al cabo de tres meses, Angel, el sello de EMI en Estados Unidos, realizó una nueva edición de las piezas de canto gregoriano en un solo disco titulado Chant (555138-2), recopilado de los cuatro discos originales. La selección se presentó sin seguir el orden original, no había pausas entre las pistas, y el folleto no contenía notas explicativas, textos ni traducciones. Sin embargo, en pocos meses se vendieron dos millones de ejemplares del disco, que se situó en el tercer puesto de ventas en EE UU y se mantuvo durante meses en los primeros lugares de la lista.
Por Jerome F. Weber. Traducción de José Luis Gil Aristu